En tiempos de campaña electoral es común escuchar denuncias sobre «clientelismo» y en Hispanoamérica el fenómeno invade todas las áreas de la sociedad porque se practica recurrentemente por igual en los negocios, la agricultura, la política y, por supuesto, desde el gobierno. En nuestros países el poder, la riqueza, la propiedad, se encuentra concentrada en un porcentaje reducido de la población mientras otra, muy numerosa, es necesitada y excedentaria como fuerza de trabajo en el mercado laboral de corte capitalista.
El clientelismo se ha identificado con la actividad política y por ello el Diccionario de la lengua española (DRAE) lo define como la «práctica política de obtención y mantenimiento del poder asegurándose fidelidades a cambio de favores y servicios». Una de las acepciones de la palabra «cliente» es «persona que está bajo la protección o tutela de otra» ya que el vocablo viene de la Antigua Roma donde existían los patrones (patronus), quienes poseían las riquezas y los clientes (cliens) o personas libres que los primeros protegían y ayudaban con tierra o ganado a cambio de obediencia y sumisión. En la Roma republicana (siglo V a.C.) estos clientes garantizaban votos en los distintos torneos electorales propios de ese tiempo.




